OPINIÓN


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¡Civiles y militares!... la conjura del partido del orden

por  8 febrero, 2019
¡Civiles y militares!... la conjura del partido del orden
La hipocresía de los políticos civiles que –junto a los políticos militares– dijeron alguna vez “Nunca más”, se torna insoportable. Estoy tentado de preferir la conciencia de vivir en una democracia tutelada, que en una donde los representantes electos sacan con las manos del gato las castañas del honor, la veracidad y el cumplimiento del deber cívico de reconstrucción de la política de nuestra democracia.
Se va configurando un nuevo derecho en nuestra contexto cultural. Hemos pasado de una democracia tutelada a una democracia hipócrita, indignante y preocupantemente proclive al populismo de derecha.
Hemos transitado de una cultura aparentemente democrática a una que aparece por todos los contornos como paternalista y autoritaria. Por esta razón, digo, se está configurando un nuevo derecho individual, casi una nueva garantía constitucional, casi un efecto normal de una causa directa, prístina y fuera de ambigüedades: el derecho a no creer absolutamente en ninguna de las verdades que manufacturó la Concertación y el partido del orden durante toda la historia presente de nuestra democracia política.
Lo de Juan Emilio Cheyre es la gota –una más– que rebalsa el vaso.
Ya el magnicidio en contra del ex Presidente Eduardo Frei Montalva puso al desnudo la propaganda de normalidad que se quiso instalar en el ambiente cultural del retorno a la democracia. Pero lo sucedido estos días con Cheyre es –yo diría– aun más pornográfico, es escandaloso, por lo brutal… lo brutal de la conjura.
La consecuencia más inmediata de todo este ambiente de escepticismo será la instalación de otro ambiente proclive al populismo de derecha. No creer más en las élites, desconfiar de ellas, descubrir sus conjuras, sus privilegios, sus ignominias contra el ciudadano de a pie que vive el cotidiano en cada una de sus realidades. Es el relato perfecto para instalar –todavía más– una cultura de democracia autoritaria: el "Kast salvador" en nombre del pueblo.
¿Cómo no va a ser natural descreer o no volver a creer más en todo aquello que se instaló como verdad cultural definitiva en el Chile post-Pinochet?
La hipocresía de los políticos civiles que –junto a los políticos militares– dijeron alguna vez “Nunca más”, se torna insoportable. Estoy tentado de preferir la conciencia de vivir en una democracia tutelada, que en una donde los representantes electos sacan con las manos del gato las castañas del honor, la veracidad y el cumplimiento del deber cívico de reconstrucción de la política de nuestra democracia, posando la infamia del estadista. El espejismo de realidad en un desierto nihilista.
De esto no se salvan tampoco muchos intelectuales que, desde los segundos pisos de los palacios de la institucionalidad o desde organismos internacionales pseudoneutrales, han dado fundamento aparentemente teórico a esta ejemplaridad transicional chilena.
Da hastío.
La consecuencia más inmediata de todo este ambiente de escepticismo será la instalación de otro ambiente proclive al populismo de derecha. No creer más en las élites, desconfiar de ellas, descubrir sus conjuras, sus privilegios, sus ignominias contra el ciudadano de a pie que vive el cotidiano en cada una de sus realidades. Es el relato perfecto para instalar –todavía más– una cultura de democracia autoritaria: el "Kast salvador" en nombre del pueblo.
En unos años más –si seguimos así– vamos a caer al autoritarismo de un populismo de derecha que, luego de la anestesia paternalista de la transición del partido del orden, será el régimen perfecto para una nueva catástrofe.
No hay caso.
  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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