La mierda es cultural

'La mierda es cultural', el título del texto de Daniel Pizarro tiene valor de aforismo, y yo agrego que si no da para palíndromo bien pudiera ser capicúa, o por estas tierras aceptar la mención "y viceversa"...

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La mierda es cultural


Un texto de Daniel Pizarro


Por debajo de la casa pasa una alcantarilla. Y yo no sé si se trata de un efecto físico o químico, pero uno huele los miasmas que se desprenden de las aguas servidas e inundan las habitaciones con un olor a inmundicias. A mierda, mejor digamos. La niña lo huele, porque es su casa. Y el padre también, porque es la suya. Acaso él podría decir con mayor propiedad si el efecto de ese olor que se desprende de las aguas es físico o químico, o una combinación de ambos. Pues él es profesor universitario de Física. Así que algo sabrá del asunto, digo yo. Digo que la niña duerme en la pieza con sus hermanas menores, y se me ocurre que mientras más pequeños somos, menos nos perturban los hedores. La mierda es cultural, pongamos.
La niña vive aquí desde que se incendió su casa anterior. Y como el padre es profesor de Física no pudo conseguir una casa lejos de las alcantarillas, o más bien una casa donde los desagües y otros conductos por donde a veces sube el olor a mierda estén bien sellados o ubicados en posiciones que no perturben a los seres humanos. Porque la mierda es cultural, ya se dijo.
Pero el padre es un profe de Física. Y bien podría ser de Química o Matemáticas, un profesor de Educación Básica o quizás uno de Música, si es que todavía se enseña música en el país, como no sea las melodías publicitarias. Pues las materias que se enseñan varían de tanto en tanto y uno a veces se pregunta qué es lo que debemos enseñar a los niños. De momento, digo yo, los niños –las niñas– deben apretarse las narices y aguantar la respiración. Ya se dijo por qué.
Por suerte el padre tiene trabajo. O tal vez por el amor de Dios. Con una alcantarilla tan cerca, digo yo. Entretanto la niña duerme en la pieza con sus dos hermanitas y abre una carta plegada con los bordes orlados de figuritas hechas con lápiz pasta de distintos colores: rojo, verde y azul. Parece que una enredadera rodeara las letras y la verdad es que a ella le parece que el dibujo se ve bonito. Mientras sus hermanas duermen. Pues a ellas no les molesta tanto el olor a caca. Ya se dijo, perdón.
Digo que ella despliega la cartita de amor. Pues ella, a sus trece años, tiene un enamorado de su misma edad, un compañero de curso. Ella estudia en un liceo de niñas. Un enamorado de pelo corto, tijereteado, y rostro masculino. Pero no tan masculino como un hombre. La carta le habla como un hombre a una mujer. Ella lee. Te amo, dice la carta. Su padre, que sabe de Física, viene y le apaga la luz. Es tarde y mañana hay clases.
Intento reunir en un puño imaginario el mundo de la niña y se me escurre como una masa viscosa. Algo podría decir la Física al respecto, por qué no. La primera palabra que sale al pizarrón es LIBERTAD. Y la pregunta que surge es: ¿qué clase de libertad vivir en un mundo de fierro forjado? ¿Una libertad ofuscada? ¿Una falsa libertad íntima? ¿Una verdadera libertad secreta? ¿Un cuento fantástico y demencial? Yo sé que a su manera la niña se hace estas preguntas mientras ordena sus cuadernos para partir a clases y toparse con la hostigosa mirada de su enamorado desde la esquina opuesta de la sala, y ponerse nerviosa por no tener respuestas concluyentes y por sentir la fragilidad de un lugar por donde pasan las aguas fétidas del alcantarillado que algún día su padre detendrá. No las aguas, digo, sino su olor asqueroso. Con todos sus conocimientos de Física, como un superhéroe de la higiene ambiental. Piensa ella.
Entretanto yo, fuera de esta historia abortada, hace tiempo que me veo a mí mismo como un viejo. Como un hombre con la vida ya vivida y transpuesta a la vejez. Como si todo fuera ya-sido. Pero bueno. Algún día nos van a escuchar, me digo, pensando en la niña. Algún día nos tendrán que escuchar. ¿O nos iremos callados y solos a la muerte?
 
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